Un pueblo que ha tenido la capacidad de alcanzar las grandes cimas pero también ha debido conocer los más grandes fracasos. Un gusto por la catástrofe y la derrota pero una cultura preocupada por las victorias como elemento que plantea la exigencia permanente de su vida. Las palabras son de Álvaro Mutis sobre la raza antioqueña en sus comentarios sobre Aire de Tango y bien podrían marcar la síntesis de un pueblo fundado en una tierra inhóspita y agreste, a la que ni el mismo Melquíades hubiera podido llegar, un pueblo que ha estado cerca de su aniquilación pero, motivado por su impulso vital y rebelde en su agonía, ha recobrado el aliento.

Como a todo hay que ponerle un principio, podría decirse que el ahora llamado pueblo antioqueño se derivó de la ocupación de las cuencas de los ríos Cauca y Nechí, con los asentamientos del Arma, Cáceres, Zaragoza y Remedios. Los dos primeros siglos después de la invasión estuvieron marcados por el exterminio indígena, población condenada a trabajar en las minas de oro hasta morir de fatiga y desnutrición. Las fortunas rápidas amasadas por los invasores fueron llevadas a Cartagena y luego a España mientras la tierra quedaba pobre y desolada. “En el primer medio siglo fueron sacrificadas, por la sordidez más odiosa, medio millón de personas en esta sola provincia”, relata el intelectual Tulio Ospina en su texto sobre la regeneración de Antioquia (1900).

La emergente población criolla fue aumentando pero no había explotaciones mineras grandes, ni capitales, ni empresarios, ni industria. Dos conceptos confirman el estado de precariedad de la provincia. El primero, un oficio que envió el gobernador Antonio Manso en 1729 al Virrey pidiendo ayuda: “hágalo vuestra majestad así para bien de esta provincia, ya en los últimos términos de aniquilarse”.

La súplica se repitió 54 años después, con el gobernador Francisco Silvestre: “esta provincia, se advierte, con lastimera compasión del que la ve y conoce, casi en las últimas agonías de su ruina”. El informe enviado en 1783 por los oficiales reales reiteraba que “esta provincia, por su despoblación, miseria y falta de cultura, solo se compara con las de África”.

Horizontes

Las súplicas al fin fueron escuchadas y la Real Audiencia designó al decano de los oidores, Juan Antonio Mon y Velarde, para que se encargara del gobierno y trazara la ruta de regeneración de la provincia. Sus primeras medidas tuvieron que ver con depurar la administración, castigar el despilfarro y restablecer el orden público. Estableció tributos (al aguardiente, degüello y tabaco), organizó e impulsó la producción agrícola y la minera, abrió escuelas públicas, creó fuentes de agua limpia y fundó colonias agrícolas con vagos y mendigos que arrasaron montes y forjaron poblados.

“La vida aislada y semibárbara contribuyó a reforzar el espíritu digno e independiente que caracteriza a los montañeses; mientras que su extrema pobreza les había impuesto hábitos de economía y frugalidad indispensables para el enriquecimiento de un pueblo”, decía Mon y Velarde. En su último informe, escribía: “aquella provincia, la más atrasada del Reino, llegaría a ser algún día la más opulenta”.

Remata su escrito Tulio Ospina: “Sea esta la oportunidad de recordar a los antioqueños que la fuente de su prosperidad se halla en su carácter y no, como se cree fuera de Antioquia, en las minas de oro”.

Después de su primera resurrección, llegaron los tiempos de la mina del Zancudo, de construir un ferrocarril en la mitad de la manigua y en plenas guerras civiles, de don José María Villa y su puente colgante, de Gonzalo Mejía y su sueño de llegar al mar, de la Escuela de Minas, de las textileras, de la industria, y de cómo, justo en una nueva agonía mortal, en el momento más oscuro de la historia, se echó a rodar el metro entre aplausos y esperanza.

Las nueve Antioquias

Pero esta es la historia de una sola Antioquia, la versión de los vencedores, el relato unificado que todos comulgamos. El departamento es muchos a su vez. En su novela autobiográfica Hace Tiempos (1936), Tomás Carrasquilla habla de las tres Antioquia en las que se desarrolla su vida. La primera es la Antioquia “profunda”, la de la periferia; la segunda, la Antioquia minera del “mítico” Nechí; y la tercera, la Antioquia del “dotor Berrío”, la conservadora, la cultural, la industrial, la vanguardista y próspera.

Es que si bien Antioquia tiene la segunda economía con más peso en el PIB del país (14,3 % en 2018), su tasa de asistencia a la educación básica y superior es de las más altas de las regiones de Colombia y posee una alta cobertura en servicios públicos y de salud, estas condiciones se desarrollan solo en una de sus nueve subregiones. Las otras ocho presentan brechas de desarrollo, falencias en la planificación, condiciones de vida dispares, dificultades en la conectividad, altos índices de pobreza y bajos niveles de calidad de vida y necesidades básicas satisfechas.

Este viaje que hoy emprendemos pretende dar cuenta de esos contrastes de una tierra que, a pesar de todo, no deja de resistir.

Información tomada de: www.elcolombiano.com

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